HORIZONTES

Cuando era pequeño y el mundo se reducía al salón de casa, el asfalto del patio del colegio y tres o cuatro columpios mal repartidos por y alrededor del barrio periférico en el que vivía, soñaba con poder acercarme al horizonte sin darme cuenta de que el horizonte se alejaba un paso cada vez que yo daba un paso hacia él.

En aquel horizonte se escondían las arrugas de la tierra, pues en el lugar en el que crecí la tierra es lisa, llana, despejada. Como sus gentes.

Más pronto que tarde llegué a la convicción de que tras aquel horizonte arrugado y lejano se debían esconder otros horizontes, y otras gentes, y otros mundos y, quién sabe, quizás también otros universos; por lo que me prometí que descubriría aquellos nuevos lugares, aquellos rincones desconocidos; que atravesaría los desiertos, junglas y glaciares ocultos detrás de aquellas arrugas que, entornando los ojos, era capaz de identificar allá en los límites de mi mundo.

Decidí que el sentido de mi vida, la razón de mis pasos sería la de buscar aquellas esquinas, aquellos rincones, aquellos lugares. La de probar los sabores que las gentes que allí habitaran probaban, la de oler los amaneceres en los que aquellas gentes amnecían, la de disfrutar de las sombras de los árboles en los que ellos se cobijaban, de ensuciarme con el polvo de los caminos que transitaban, de tumbarme bajo el Sol bajo el que aquellos se tumbaban, y dormir bajo la atenta mirada de la Luna que los miraba, que los eloquecía, que los hacía soñar en los lugares y las gentes extrañas que se escondían detrás de sus horizontes. Y seguí caminando hacia un horizonte que mutaba y se transformaba a cada metro que intentaba acercarme hacia él, orgulloso y misterioso.

Subida atardece en athaiba

Los años agrandaron mi cuerpo, ensancharon y estrecharon mi mente, colorearon mi imaginación a medida que las huellas iban borrándose tras de mí en el camino de esta vida, y yo, por no traicionar aquella promesa que me hice de niño mientras miraba las arrugas de la tierra, seguí caminando hacia el horizonte con el empecinamiento de quien no sabe bien lo que quiere pero sí sabe cómo conseguirlo,  buscando ya no sólo horizontes, ahora también buscaba personas, complices que me acompañaran en este deambular, unas manos en las que refugiarme cuando las tormentas de la vida descargan, un pecho en el que apoyarme y unos labios que besar.

Caminar y caminar, una pierna y después la otra. Un metro hacia el horizonte para que el horizonte y todos los secretos que se esconden allí, tras las arrugas inmemoriables de la tierra, se alejen un metro más de mí. Y buscar, y a veces creer encontrar, y otras veces perder y sentirse perdido, y decir Holas y Adioses, y abrazar y sonreir y llorar y oler y vivir y sentir y paladear y sufrir y padecer y mirar al Sol un atardecer y ver, con mayúsculas, con todas las mayúsculas con las que se pueda escribir la palabra felicidad.

Cuando era pequeño y el mundo se reducía al salón de casa, el asfalto del patio del colegio y tres o cuatro columpios mal repartidos por y alrededor del barrio periférico en el que vivía, soñaba con poder acercarme al horizonte sin darme cuenta de que el horizonte se alejaba un paso cada vez que yo daba un paso hacia él.

En realidad, cuanto más camino hacia el horizonte más me estoy acercando a casa, y quizás detrás de aquellas arrugas lejanas que también aparecen en los confines de la tierra, se escondan el asfalto del colegio, tres o cuatro columpios y toda aquella gente a la que dije Hola y Adiós. Quizás este sea el fin del camino y esta sea la lección y el sentido de todo esto. Hasta que lo descubra seguiré caminando solo o acompañado en dirección al Horizonte.

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