Buscando a Batad (Filipinas y III)

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(continuación)
Solo cruzar Manila para llegar a la terminal de Victoria Liner supone el esfuerzo sobrehumano de quien ha de atravesar los infiernos en su lento peregrinar. Al calor asfixiante de los trópicos se le suma el propio del asfalto y el tráfico incesante, agobiante, ruidoso y sucio. El resultado es un rostro ennegrecido por el hollín y un olor a queroseno y diesel que cuesta sacarse de las profundidades abisales del cerebro.
¿El premio?… un autobús en el que encajar alforja y bicicleta camino del frescor de las montañas, de “La Cordillera” como dicen aquí. Cuatro horas y media entre faldas de montañas y volcanes para llegar a Baguio y el frescor de sus 1300 msnm. Tarde de ciudad, mercado y fritanga callejera, que a la mañana siguiente hay que encarar la carretera más alta de Filipinas; 50 km de sube-baja-sube que te lleva a los casi 2300 del puerto llamado “The Highest Point”, muy originales poniendo nombres estos filipinos.

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Jeepneys, el transporte público oficial, en las calles de Baguio

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El ascenso es cómodo, agradable y hasta divertido, ganando poco a poco altura, y perdiendo tráfico a medida que se mastican los kilómetros en un día plomizo y gris perfecto para no licuarse en sudor. Dicen de ésta, la Halsema Road, que es una de las carreteras más peligrosas del mundo, uno de sus atractivos, a mí no me lo parece, pero ¿quién soy yo para llevarle la contraria a Google?.
Pequeños poblados en los laterales de la carretera, agua de coco, gente que mira con extrañeza al ciclista con alforjas, este país es relativamente virgen al respecto, y kilómetros que van cayendo con los plátanos y unos bollos de coco como único combustible. La niebla, que aparece a partir de los 1700 metros le confiere a todo un aspecto onírico, casi fantasmal asomando aquí y allá algún que otro precipicio de negras rocas volcánicas, una caseta, una sombra, una figura.
Los lugares en donde plantar la tienda de campaña no es que escaseen, es que no existen, y el agua tampoco es fácil de encontrar, por lo que aquella iglesia con aquel pórtico de aquel pueblo a 4 Km de cima se presenta como un lugar perfecto para pasar la noche.
Sin cocinilla (que he dejado en Manila) compro unos mangos, algo de bollería, y algo parecido a cortezas de cerdo en un tenderete con pocas cosas comestibles más, y monto la tienda en el pórtico de la iglesia. Aquellos que me ven nada dicen, e incluso una mujer, ya caída la noche, me ofrece su casa y cenar con su familia, pero uno ya está dentro del saco de dormir (sí, hace fresco) y con medio párpado viajando a ese otro universo de los sueños, por lo que muy a mi pesar el “No, Salamat” es mi respuesta. Además, qué narices, me gusta la sensación de dormir en mi tienda de campaña, algo que acá en Filipinas no he prodigado demasiado.

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"The Highest Point", la carretera más alta de Filipinas, en un precioso amanecer
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Avituallamiento y tendero
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Terrazas de cultivo en lugares imposibles
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En la Filipinas rural, básicamente, tienes dos posibilidades en el menú: el arroz con cerdo, y el cerdo con arroz
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En algún lugar de "La Cordillera"
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El mecánico

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Los días siguientes, y hasta llegar a Banaue, el camino transcurre entre terrazas de cultivo y pequeñas aldeas junto a la carretera. Calor de día, frescor de noche, montañas, subidas y bajadas, bajadas y subidas, plátanos y mucho arroz.
Y así llego a Bananue, en donde me encuentro, en donde hoy (30 de Mayo), o mejor dicho mañana, paso mi último día antes de regresar a Manila, y en donde ya llevo seis días disfrutando de sus terrazas de arroz patrimonio de la humanidad con sus más de 2000 años, sí, dos mil años de antigüedad y sumando, aún alimentando a los descendientes de aquellos miembros de la cultura Ifugao que modelaron un lugar tan especial como éste. Disfrutando del placer del agua, pozas, ríos, cascadas en uno de los lugares más bellos que recuerde haber visitado antes de volar a Japón y cruzarlo de punta a punta en bicicleta, pues aquí, por fin, encontré Batad.

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