NOS ROBARON EL SOL (18 días, aún no saben que no soy japonés)

Hoy es, creo, Martes 21 de Junio de 2016 y en algún lugar del mundo brilla el Sol dándole la bienvenida al verano mientras en el Sur de Japón la lluvia no da tregua por tercer día consecutivo, los ánimos decaen y los kilómetros también, te preguntas qué narices haces aquí y no en el mediterráneo, y la soledad pega algún que otro arañazo. Es temporal, lo sé, las penas vienen con la lluvia y se evaporarán con ella. Es parte del viaje, una parte que a la larga resulta positiva, creces con ella…pero que deje de llover (i coño !).

Para llegar a esta tienda de campaña repiqueteando bajo la lluvia, Shikoku y sus paisajes de ensueño, sus gentes hospitalarias y los mil templos que se esconden allí hubieron de convertirse, por ese mágico proceso que es la vida, de sueño de viajero a recuerdo de viajado; y fue entonces que en barco, como se hizo durante milenios, arribé en Kyushu, de las islas principales de Japón, la más meridional, y me recibió con lluvia, cómo no podía ser de otra manera, y con un templo con un templete que llevaba el nombre de mi adorado iglú inscrito bajo su techo protector. Día y medio de lectura, guitarra y desidia.

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Y Kyushu y su costa oriental de amaneceres rojos sobre el Pacífico me regaló paisajes y playas que sólo pensé existían en las fotografías de los panfletos turísticos de paraisos lejanos y pueblos exóticos. Y disfruté, disfruté como hacia tiempo que no disfrutaba de rodar pegado al mar en esta Asturias a la japonesa, más virgen y tropical que la nuestra, sin cachopo pero con sushi y una carretera robándole terreno al mar. Días de playas solitarias en tierras remotas, de tiempo agradecido, de soledad disfrutada de aquella manera en la que te gustaría poder compartir los infinitos momentos con aquellos que te importan. Y así transcurrieron los días, plácidos, con mucha cuesta y buen dormir hasta que un domingo 19 de junio a primera hora de la mañana me topé con un faro en un cabo llamado Sata que resultó ser el punto más meridional de Japón, y me sentí arañando la felicidad y girando 180° para seguir persiguiendo horizontes, horizontes que desde el mismo momento en que giré mi bicicleta para ir hacia el norte se encuentran ocultos y atrapados tras las nubes, al igual que a mí me tienen atrapado bajo ellas, como si Japón no solo me hubiera atrapado con su belleza, sino que tampoco quisiera dejarme escapar de sus tierras.

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Cuando las playas son para ti
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Menú oficial del viaje

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