Dos por el precio de uno…”EN LA CASA del DRAGÓN” y “QUIEN PASA POR KYOTO COMO QUIEN PASA POR ALBACETE”

Tatsu significa dragón, otra palabra que agregar a mi escueto diccionario de japonés, que se suma a ame, ohajó, Konichiwá, arigató, kara, misaki, Kawa, sayonara, y poco más; lo básico para sobrevivir.
Tatsu significa dragón, y lo sé porque hoy, 14 de Julio, Tatsuya me ha abierto las puertas de su casa incondicionalmente. Hoy, cuarenta y un días después, duermo en cama y bajo techo, estoy pensando en atrincherarme.
Tatsuya es otro de esos viajeros en bicicleta que en su día se apechugó una transCanadiense de cerca de 10000 Km, y sabe lo que se agradece un descanso de este tipo. Su modesta casa está en un pequeño pueblo de la prefectura de Fukui camino de los alpes japoneses, entre montañas y bosques infinitos, una pequeña carretera de subida, y la linea del ferrocarril.
Para llegar aquí tuve que, en estos 22 días desde la última entrada, terminar de atravesar Kyushu bajo una lluvia que se antojaba eterna, y que poco a poco se va diluyendo junto con el Tsúyú, la temporada de lluvias. Días de vientos y lucha en la carretera para cruzar a Honshu, la isla principal de Japón a través del túnel submarino que une Kitakyushu con Shikomoneki, y pasar la que posiblemente quede como la peor noche del viaje, vivac eterno mal protegido de la lluvia, el viento y los mosquitos. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?: No aquella noche. Y no soy de los que me quejo.
Aquel fue el punto de inflexión, fíjate que hoy tengo hasta cama…
Allí había que decidir si seguir por la costa norte en busca del Japón más rural y desconocido, o cruzar a la costa Sur camino de lugares simbólicos y emblemáticos como el memorial a las víctimas de Hiroshima o la Avenida Dotonbori de Osaka, en donde está inspirada y ambientada la siempre genial Blade Runner, y yo, que en este viaje me he dejado llevar por el viento, entendí que el viento soplaba a favor lejos de las grandes ciudades, y descubrí un Japón de pequeños pueblos pesqueros escondiendo antiguos barrios medievales y grandes solitarias playas de fina arena proveniente del Gobi. Descubrí las que fueron las mayores minas de plata del mundo y pude meter mis fatigas en un onsen (aguas termales) con más de 1000 años de historia en Yonatsu. Encontré carreteras solitarias entre dunas de arena, acantilados colgando con cuerdas del aire y me dejé hipnotizar por antiguos bailes de máscaras en celebraciones anónimas. Me invitaron a comer, me regalaron bebida, sonrisas, humanidad. Completaron mi mapa escribiendo en él los lugares que no salen en los mapas. Me empujaron con sus ánimos en el lenguaje universal de las miradas, de los pulgares apuntando hacia los cielos asomando por las ventanas, con el sonido del claxon que te dice “Bravo”, “adelante”. Me dejé llevar por el viento y el viento no me defraudó.

Ah!! y pasé por Kyoto, pasé por Kyoto como quien pasa por Albacete.

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